Tranquilos, esto empeora…

Mientras Juan Manuel Santos publica libros destacando su “estirpe”, según el y sus adoradores, al mejor estilo chavista, su familia viene de una raza de libertadores y ha evolucionado hasta convertirse en el redentor de Colombia. Lo único que le falta para demostrarlo, es un Premio Nobel de Paz, el cual espera conseguirlo con el envío de su libro a todos los personajes de talla mundial y firmando una paz a cualquier precio.

Mientras eso sucede, Colombia se desmorona moral y económicamente. La Justicia ha caído en un profundo abismo. Dos fenómenos muy graves la destruirán y terminaran por afectar gravemente la democracia, son ellos la corrupción y la politización.

Es sabido en todos los círculos que muchos de los fallos de la justicia son comprados por alguna de las partes, la que tiene dinero. Esto, según se sabe, sucede a todos los niveles. Parece que en Colombia, la cultura mafiosa de comprar todas las conciencias llegó para quedarse. El más reciente escándalo de La Corte Constitucional es apenas un ejemplo, pero tranquilos, nada pasara en la Comisión de Acusaciones, ganara el que más dinero de. Recordemos el juicio contra Ernesto Samper, a pesar del Elefante, nunca nada pasó.

En materia de politización, solo falta recordar lo que ha pasado con el Coronel Alfonso Plazas Vega, con el General Uscategui, con Andres Felipe Arias o con Luis Alfredo Ramos. Son casos en los que una ideología ha logrado derribar a la majestad de la justicia, convirtiéndola en instrumento pueril de venganza y la mejor herramienta para apartar a los opositores del camino.

Algunas veces la politización se convierte en una tragicomedia. La verdad, empezamos a parecernos a la Venezuela de Maduro. El supuesto “hacker” Sepúlveda parece ser una mezcla entre el Guason y James Bond. Sus desvaríos rayan en lo ridículo pero han sido utilizados como instrumento de la justicia para desviar la política. Utilizando esta patraña Oscar Ivan Zuluaga fue apartado del camino de la presidencia, pero por si las moscas, hay que condenarlo para que en 4 años no sea un peligro. El mismo personajillo que, según sus propias palabras interceptaba desde una laptop los aviones Skymaster de los Estados Unidos o que le faltaron solo cinco minutos para acabar con el proceso de paz de La Habana, dice que estaba listo para ser presidente de Colombia.

Se persigue y encarcela a la oposición del gobierno y se ofrece impunidad a las FARC. Para ello se le torcerá el cuello a toda la juridicidad nacional y no se cumplirá con los tratados internacionales vigentes. Lo hará a pesar de que el mundo le ha dicho que la impunidad para crímenes de lesa humanidad no serán aceptada por el concierto internacional. Cárcel para la oposición e impunidad para las Farc, pero Santos cree que así llegará a la paz.

Por otro lado, la economía se desmorona en sus manos. Son varios los síntomas preocupantes: La devaluación galopante del peso frente al dólar que pronto superará la barrera de los 3.000 pesos. Las pérdidas de Ecopetrol, la caída de sus acciones, la caída del precio del barril de petróleo, la drástica disminución de sus ingresos, la reducción de su presupuesto de inversión en exploración, el nombramiento del ministro que se inventó la mermelada como presidente de la empresa para terminar de convertirla en la caja menor del gobierno para financiar sus proyectos populistas. Acabará con Ecopetrol sacando “utilidades” cuando no las hay, para lo cual empeñaran la empresa con créditos millonarios con tal de conseguir la “caja” que el gobierno necesita.

Han caído las exportaciones del país en un 40% este último año, la industria lleva dos años decreciendo, la construcción de infraestructura no despega y la agricultura sigue siendo un mísero negocio.

Mientras Santos se emborracha con sus delirios de grandeza, hace todo tipo de concesiones a las FARC y persigue a la oposición, se corrompe la justicia y se desmorona la economía. Acabará con este país, ya Bloomberg nos cataloga como la doceava economía más miserable del mundo.